- La Maravillosa Orquesta del Alcohol concretó ayer el primero de sus tres conciertos de despedida en la sala madrileña
- El grupo brindó algo más de una hora de música a una sala completamente abarrotada
Si usted no estuvo ayer en la sala Joy Eslava y notó que el suelo de Madrid no paró de temblar desde las 21.25 hasta las 22.45 horas no se preocupe, la capital no sufrió ningún terremoto. O por lo menos ningún terremoto natural. Porque el musical tuvo lugar durante algo más de una hora en el número 11 de la calle Arenal a cargo de La Maravillosa Orquesta del Alcohol.
Antes de que comenzara la música ya se intuía que la noche tenía un aroma muy especial. Los burgaleses, incansables trabajadores durante los últimos años, anunciaban hace varios meses su intención de abandonar por un tiempo indefinido los escenarios con la capital como último acto. La respuesta no pudo ser mejor: tres noches de aforo completo en una de las salas emblemáticas de la ciudad.

Corrían las 20.15 horas cuando en el escenario aparecía Juan Blas, el vocalista y guitarrista de The Big Bench, teloneros de La M.O.D.A.. El ex miembro de Nothink comenzó su recital acompañado únicamente de su guitarra para terminarlo con cuerda y teclado y descubrir un sonido a caballo entre el folk y R&B que no habrá que perder de vista. Ya sólo quedaba que los verdaderos protagonistas de la noche hicieran su aparición en un escenario vigilado en todo momento por el lobo que cuida de la manada.
Pero antes del ansiado comienzo, desde los altavoces llegaba una voz inconfundible: el padre Johnny Cash presentando a sus hijos con «Heart Of Gold«. Acababa el padre y en el escenario siete camisetas blancas se dejaban ver para delirio de la sala. Luz tenue, instrumentos en posición y «Nubes negras» en el aire antes de que todas las correcciones y corsés se rompieran con «Amanecederos«, el inicio de un terremoto que durante más de media hora no tuvo fin. «Disolutos», «Suelo gris«, «Amoxicilina», «Los Hijos de Johnny Cash«, «PRMVR», «Catedrales», «Los lobos» y «Flores del mal» inundaron de optimismo y buenas vibraciones un espectáculo que hasta ese momento sólo tuvo un descanso, el que se tomó David Ruiz (voz principal y guitarra) para agradecer a todo el público el cariño que llevan recogiendo desde que comenzaran en Madrid en la sala Clamores hace tres años hasta este desbocado final en Joy Eslava.

Tras ello, la nostalgia y el reposo vino a golpe de armónica en «La cuerda floja«, aunque uno de los momentos de la noche tuvo lugar dos canciones después, tras «Quién nos va a salvar» y «Vasos vacíos», cuando David Ruiz y Joselito Maravillas se quedaron solos en el escenario para interpretar una de sus últimas versiones. Silvio Rodríguez penetraba entonces en la sala madrileña con su «Ojalá» llevado en volandas por la voz de todos los asistentes al concierto en lo que supone otro guiño de los burgaleses a un mito de la música de autor. Pero aún quedaba un recuerdo más a otra de las influencias de La M.O.D.A. El punk de Eskorbuto llenaba las paredes y las cuatro alturas de la Joy Eslava con «Historia Triste» para despedir la primera parte de la primera despedida del grupo en Madrid.
Cinco minutos de reposo y vuelta al escenario para terminar de abrir el suelo con «Nómadas«. Brazos en alto y euforia sin límites acompañan a lo que ya es un clásico de una formación que con «tan sólo» dos discos cuenta con una capacidad de llamamiento a la altura de muy pocas. Como redoble final, «Gasoline«, y una frase que refleja muy bien la entrega del grupo sobre el escenario. «Y ya no queda nada«. Desde el altavoz, Johnny Cash vuelve a despedir a sus hijos. Bravo muchachos.













































